ARTE DE RESISTENCIA por Xabier Sáenz de Gorbea

1. Cuanto más información, mayores problemas hay para distanciarse del día a día y
tomar conciencia de la realidad. Ante la continua avalancha de hechos e imágenes, re-
sulta difícil encontrar el sosiego y el tiempo para el análisis crítico. El mundo se ha hecho
impenetrable cuando, paradójicamente, parece que se llega a los más ocultos rincones.
No existen modelos de pensamiento que manifiesten la totalidad. Sólo pueden darse
palos de ciego, atenciones parciales y apenas es posible vislumbrar fragmentos de una
globalidad cada vez más intrincada que conviene descodificar.

En una nueva vuelta de tuerca al nihilismo desesperanzado, han pasado los tiempos de
los grandes discursos que explican lo que pasa, y existe la idea generalizada de que nada
puede cambiarse. Sin embargo, para otros, un mundo distinto es posible. Probablemente,
las transformaciones tienen que venir por la toma de conciencia personal, el cambio de
comportamiento individual, la acción puntual frente a los acontecimientos y el trabajo
global de la responsabilidad compartida.

Durante el siglo veinte, el arte de las vanguardias quiso revolucionar la plástica para
mitigar y modificar las condiciones de vida. Se creía que había que propiciar nuevos há-
bitos de la mirada para potenciar unas experiencias de cambio social. Pero actualmente
se sabe que no es así y ya no basta con llevar al arte la mera innovación transgresora,
sino que también conviene indagar complejamente en lo que sucede y nos rodea. Eso
sí, conscientes tanto de que las situaciones no son para siempre, como también de que
el arte no tiene en sí mismo los gérmenes de los cambios, así como sabedores de que el
ejercicio artístico no tiene todas las respuestas, pero sí al menos puede situar las inte-
rrogaciones, para que cada cual las interprete y valore como quiera. Txaro Arrazola en-
tiende que sigue siendo necesario adecuar el latido de la representación para presentar
enigmas por medio de imágenes que puedan ser reconocidas por su continuada presencia en los medios de comunicación. La artista realiza un trabajo que es ante todo lenguaje
y expresión plástica, pero también investigación de unas condiciones y reveladoras de
modos de vida al margen y fuera del confort de la sociedad del bienestar. Todavía tiene
sentido el viejo oficio de dar testimonio de lo que ocurre.

No se puede seguir siendo un mago o un sanador y tampoco el artista es el principal
motor del cambio necesario, pero sí puede ser reflejo de situaciones y dar la opinión sobre
cómo percibimos partes de ese mundo que se nos aparece como ignoto y abismado. Es
necesario volver a ser explorador privilegiado que, sin dejar de percibir el horizonte plás-
tico, se acerque al primer plano de lo que habitualmente no es sino fondo y se encuentra
en los márgenes de los afortunados y en las antípodas de los satisfechos
2. La exposición de Txaro Arrazola propone un diálogo entre el universo de las sensaciones ensoñadas y la transmisión consciente de una realidad dolorida, mediante una serie
de espacios concatenados en los que emplea códigos y medios diferentes, como resultado
coral de ideas, emociones y reflejos de una parte de nuestro tiempo.

La creadora vitoriana ha preparado cuidadosamente el recorrido de las distintas salas
con un planteamiento que transporta al espectador de unos a otros contextos. Los mapas
de los distintos continentes vislumbran la realidad desde unos códigos a los que estamos
acostumbrados e incluso se estudian en la escuela. Un modo de ver desde lo más alto
que en este caso sirve también para vislumbrar una unidad geográfica fragmentada por
las pieles cosidas con las que se ha constituido la superficie. Al estar, por otro lado, las
paredes manchadas con barro, promueve una doble mirada, no sólo desde fuera y desde
lejos, sino también próxima y cercana. Un viaje que transita entre los sentimientos, los
conocimientos y las interpretaciones.

Los lienzos se sitúan frente a los dramas humanos y manifiestan tanto algo irrespi-
rable o invivible, como la voluntad de superación del ser humano, al mostrar el caos de
la destrucción frente al orden de la frágil arquitectura. La artista crea emociones sen-
soriales que revelan el territorio de lo agónico por medio del dibujo. Un tratamiento en
proceso acumulativo, donde utiliza el grafismo como si fuera un sismógrafo que recoge
las pulsiones más íntimas. Casi automática mente conecta con el flujo de pensamientos, intereses y emociones que desde el cerebro traslada a la mano y de ésta a la superficie de la obra. Un posicionamiento contra la alienación de lo irreprochable, mecánico y artificial
de tanto esteticista trabajo de acabado industrial, para utilizar unos medios materiales
manuales de tratamiento informal, cuyo resultado son imágenes no siempre concretas
que conectan con la verdadera naturaleza de las intenciones.

La trama de líneas y manchas compone una especie de pulsómetro que va descubrien-
do panoramas, donde uno parece perderse ante la multiplicidad e incluso por el estallido
de los efectos plásticos disgregados, para gracias a la perspectiva encontrar un innato
orden en el marasmo de lo que es representado.

Lejos del autobombo, el yo no cuenta sino como intérprete de ese no mundo que pese
a su artificiosidad llega a parecer natural, de tantas veces como lo observamos en los
medios de comunicación. Pero la artista quiere trascender la anécdota para proyectar una
obra cargada de densidad, nada de mirarse al ombligo ni masturbatoria complacencia,
cuenta la sensibilidad al dar presencia larvada a situaciones de desigualdad e injusticia,
pero también es importante cómo transcribirlo a lenguaje plástico. La creadora vitoriana
logra que el acorde sea interesante y complejo. Huye de lo manido y se instala en el
reino de la desvelación ambigua, cargada de misterio y ebria de intensidad. Un síntoma
de nuestra época.

El género de la pintura de paisaje encuentra una nueva vuelta de tuerca. Se trata de
un ámbito que supera el carácter ilustrativo y topográfico de quien certifica lo que ve,
como también se olvida de la valoración orográfica y climática, para acentuar la doble
idea de la construcción y la destrucción social. Si los campos de batalla de Anselm Kiefer
proponen la densidad de la acumulación de referentes y medios, Arrazola manifiesta el
estallido y la degradación de unas situaciones 'que quedan prendidas con alfileres, como
en descomposición y sin reconstituirse del todo. El mismo sistema de representación
está afectado y como en crisis, y es utilizado con un equilibrio tan frágil y efímero, como
lo que parece derrumbarse delante de los ojos, un submundo muchas veces destruido,
compuesto por el horizonte oscuro de tablas y piedras. Una realidad de vida al borde
del caos y el marasmo.

La dominante monocromática del negro, el rojo o el azul y los leves lavados tonales
de muchos cuadros permiten valorar unas representaciones dramatizadas por la visión
de lo fugaz y añejo, como a punto de desaparecer, de algo que sin embargo es de nuestro
hoy más punzante, como las vistas de ciudades en las que viven centenares de personas
que recuerdan las imágenes de lugares destruidos por los bombardeos de antaño.

Es evidente que el arte más complejo e interesante no se hace sólo con buenas inten-
ciones, tiene que haber también un sesgo personal y el envoltorio formal consiguiente
que ilumine y manifieste la complejidad de la experiencia abierta. No a la ruptura pura
y dura y sí a la regresión expresiva de unas escenas que se sitúan entre la distorsión y la
evocación de los antecedentes reales y permiten sensibilizar y tomar conciencia social
de lo que ocurre en nuestro tiempo.


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